BREVE ANECDOTARIO DE LO QUE FUÉ Y PUDO HABER SIDO LA HISTORIA DEL ENCUENTRO GALANTEO, ENAMORAMIENTO Y CASORIO DE ALFONSO JARAMILLO PELAÉZ Y AMALIA URIBE TIRADO

Con motivo de la celebración de las bodas de oro matrimoniales de Alfonso y Amalia, se ha querido recrear en un ambiente audio-visual, lo que se ha denominado "breve anecotario de lo que fué, y en algunos apartes, pudo haber sido, el proceso de enamoramiento y final casorio ocurrido a los diez días del mes de octubre de 1945. Esta fue una fecha muy oportuna, teniendo en cuenta que coincidía con el ocaso de la Segunda Guerra Mundial, lo que generaba en las gentes una nueva esperanza de vida y de progreso.

Orígenes de Alfonso
Alfonso Jaramillo Peláez nació a los 20 días del mes de junio del año del Señor de 1915 en la ciudad de Villavicencio. Hijo de Julio y Rosaura, y nieto de Francisco Jaramillo Londoño y Maria Luisa Tisnes Marulanda, a quien llamaban "Mavisa". Fue sobrino, por el lado Jaramillo, de Félix, Constantino, Francisco, Gabriel, María Jesús, Maria Josefa y Luisa; estas últimas lo criaron y consintieron, y por ellas veló Alfonso en todo momento desde que se inició en su etapa productiva. "Las Tías", a quienes también Don Gabriel llamaba siempre "Las Muchachas", vivieron en compañía de Alfonso, su sobrino predilecto.

Su primera residencia, hoy demolida y ubicada en el Barrio Buenos Aires, fue el lugar donde pasó su primera etapa de la adolescencia, siempre muy motivado por su espíritu autodidacta. Razón por la cual su hermano Francisco lo promovió en la idea de formarse en cualquier carrera profesional, ya fuese de médico, ingeniero, o cualquier cosa, con tal de que no se fuera de cura al seminario, a pesar de su convicción cristiana. Su oferta era muy halagadora, especialmente por lo parejo de las opciones que ofrecía para estudiar: o Bogotá o París.

La Vida en el Pasaje Cardona
Coincidiendo con la época en que se enroló al ejército, las Tías trasladaron su residencia al Pasaje Cardona, donde un adinerado personaje de la Villa donó este conjunto de casitas, que podrían ser fácilmente el engendro de la primera unidad cerrada de vivienda construida en serie, para un poblado donde aún no existían los conjuntos multifamiliares.

En la misma residencia, las tías ofrecían un "algo" a los primos y primas, generalmente los domingos, que consistía en un cálido chocolate acompañado de media arepa y un trozo de panela; costumbre que ha perpetuado Alfonso en la preparación del chocolate en la madrugada, con el batido característico acompañado del sonido que produce su argolla cada vez que toca el molinillo.

Aquel "algo" era para Alfonso más especial y le era servido en mesa aparte, no propiamente porque se encontrara en licencia del cuartel, sino porque definitivamente era el sobrino consentido. Con su misma figura escuálida, Alfonso era lo que es hoy: la transfiguración de un esqueleto. Sus tías, inocentes, creían que no llegaría a los veinte años y le ofrecían cuanto suplemento alimenticio había. ¡Vano intento! Alfonso pasó de los veinte y siguió tal cual era a los 81 años.

Siguiendo con la perspectiva de vivienda en serie, Alfonso y las tías se trasladaron luego a la "Calle de los Huesos", en honor a la figura atlética de Alfonso, donde, por fortuna, es posible contemplar al día de hoy con gran originalidad esta imagen urbana.

La Aparición de Amalia
Del otro lado aparece Amalia, de cuna tamesina y nacida, para ser más exactos, el 18 de abril de mil novecientos y tantos. Bisnieta de Mama Luisa y Sinforoso, hija de Pedro Antonio y Teresa. Pedro, a quien le llamaban cariñosamente "Perucho", la remite a Medellín desde muy temprana edad aquejada por una severa enfermedad, de la cual logra salvarse gracias a los cuidados de su abuelita Amalia.

Vivió por un tiempo en este paraje de la Avenida La Playa, en una enorme casona y acompañada de sus tías Dolores, Tomasita (con sus tres hijos), Petronila con su marido Chepe Valle, Francisco y Gabriel. Su poderosa inclinación religiosa de hoy día está bien ligada a su niñez. Unos años después se desplaza con sus padres y hermanos más arriba de la Playa, donde hace su primera comunión. Pareciera que a Perucho lo animara una musa gitana en su andar de casa en casa, pero no se daba cuenta que en los cambios de residencia las distancias no superaban ni la cuadra. Lo importante no era tanto el disfrute de la quebrada Santa Elena, sino más bien el hecho de no perder la proximidad del tranvía.

Gracias a la devoción por San Antonio de Amalia, Perucho se gana la lotería, que sirvió para comprar la primera casa propia en Manrique con un costo aproximado de $1.150 pesos, quedando un saldo a favor de $850 pesos, cuantía que sirvió para montar la tienda y financiar por un buen tiempo las apuestas al "cinco y seis", buscando un nuevo golpe de suerte que nunca llegó.

El Encuentro y el Cortejo
No estando a gusto con la casa, empacaron corotos para la famosa Plaza Elis. En este lugar es donde empieza la razón de ser de esta historia: de cómo Alfonso decide declinar en su aspiración de irse de cura y Amalia de tomar los hábitos. Mientras Amalia pasaba las noches con su Tía Dolores y en el día regresaba a casa, Alfonso no le perdía la pista. Siempre pasaba frente a su casa leyendo un libro, haciendo gala de su afición autodidacta, pero sin pasar del índice, porque no descuidaba ni un milímetro la figura de Amalia mirándola de reojo. Claro está, dice ella, que no se daba por aludida.

Debido a su timidez, Alfonso convidó a su amigo Alirio Correa para que le "hiciera el cuarto". En su compañía pudo al fin acercarse a Amalia, con tan mala suerte que terminó siendo Alirio el más atractivo. Para Alfonso esto no fue un obstáculo; Amalia lo veía por la ventana y decía con ira: "Allá viene otra vez ese flacuchento Jaramillo". Alfonso se aparecía como un espanto a la salida de misa o en sus recorridos diarios.

El Desvío y el Reencuentro
Tras el desprecio inicial, Alfonso desiste temporalmente. Amalia, por su parte, se vincula laboralmente en una sombrerería de las señoras Posada, pero renunció pronto por su honestidad al no querer mentir a las clientas sobre cómo les quedaban los sombreros. Luego estudió secretariado comercial y trabajó en la firma H.M. Rodríguez.

Alfonso trabajó en las minas del Zancudo, donde adquirió conocimientos en minería, ajedrez y billar. Pasaba las noches pensando: "¿Qué habrá de Amalia?". Fue allí donde se inspiró para escribirle sus románticas cartas de amor.

El 7 de diciembre, a las 7:00 de la noche, mientras Amalia quemaba "borrachitos" con su hermano Ricardo, Alfonso apareció de regalo en mano diciendo: "¡Casi que no la localizo!". Esta vez Amalia no perdió la oportunidad y "le echó el guante".

El Matrimonio y la Vida Juntos
La familia de Amalia aceptó a Alfonso sin miramientos. Se casaron el 10 de octubre de 1945. Los novios se desplazaron a la finca de Alfonso Jaramillo Arango en Guarne para su luna de miel, la cual se interrumpió por una intoxicación de Amalia. Luego realizaron un viaje a Puerto Berrío en tren y disfrutaron de un paseo en embarcación a vapor por el Magdalena.

A su regreso, formaron su propio hogar. Nacieron Carlos, Juan Manuel, Marielena y el resto del "batallón". Con mucho esfuerzo, la familia fundó raíces en lo que hoy es el Barrio de San Joaquín, que en aquel entonces solo era una casa modelo en medio de mangas, pantanos y zancudos.

Este anecdotario fue recogido de la memoria de personajes cercanos y de los mismos protagonistas para celebrar una vida de unión y entrega.

agrega Juan Manuel...
Hasta donde recuerdo, Julio y Rosaura, los padres de Alfonso se separaron y Julio se vino para Medellín con Alfonso y Rosaura se quedó con Francisco y Luisa los otros dos hermanos de Alfonso. Alfonso se crió en la casa de las tías o “muchachas” como las llamaba Don Gabriel, tío de Alfonso.

Así que Alfonso pasó una parte de su infancia en Bogotá donde estudió con los hermanos de la Salle, en la Candelaria, donde hoy queda la U de la Salle. Allí para costearse sus estudios trabajó como mensajero de un Banco y seguramente allí fue haciendo, de modo autodidacta, sus estudios de contabilidad. Sé que en Bogotá tuvo otros trabajos hasta su viaje definitivo a Medellín.

En uno de los viajes a Bogotá que hice con él recorrimos La Candelaria y estaba aterrado porque las construcciones eran las mismas que él conoció en su juventud. Recuerdo una tienda en una esquina una cuadra más abajo de la U de la Salle que me decía que era la misma que conoció muchos años atrás, como si el tiempo no pasara.

Bogotá lo marcó y siempre decía que allí era donde mejor se comía. Ya en Medellín empezó a trabajar también y fue por esa época donde fue reclutado para el ejército, pero estuvo solo unos meses porque en Sonsón, donde prestó el servicio militar, se sumó a una asonada contra el gobierno de turno, y por ese acto rebelde fue castigado colgándolo que una viga, semidesnudo y en ese frío cruel de ese pueblo. Así que pagado el castigo o castigos lo expulsaron del ejército, no sé cómo le dieron libreta militar como reservista, libreta que era conditio sine qua non para trabajar.

Allí en Medellín conoce a Alirio Correa que estudiaba en la facultad de minas y con él se trasnochaba estudiando las materias de ingeniería sin ir a la U. Asi aprendió cálculo, álgebra, física y quién sabe qué cosas más. Recuerdo que ponderaba un libro de cálculo publicado en EEUU del que daban un dinero importante al que le encontrara un error tipográfico. El libro, por supuesto, estaba en inglés, idioma que después perfecciona con clases particulares de inglés con un profesor que él llamaba “el mister”.

Seguramente por la época en que Alirio era estudiante, Alfonso le ayudaba a hacer las tareas o a preparar los exámenes. Alirio ya como ingeniero monta una fábrica de vajillas en Caldas (Ant.) y creo que la enorme casa de gis pisos, esquinera, en Ayacucho, aún se conserva.

El nacimiento de Alfonso en Villavicencio tiene que ver con el hecho de que Julio, el papá de Alfonso era arriero, una suerte de empresario transportador de la época que en vez de camiones y tractomulas, lo que tenía era mulas, seguramente por esa analogía con los arrieros, a los camiones grandes les llaman “mulas”.

El llevaba “parva” (pan tostado y demás productos de panadería) a los llanos, específicamente a las caucheras, similares a las que maravillosamente describe Jose Eustaquio Rivera cuando a finales del siglo XIX y comienzos del XX se desatara la fiebre del caucho y centenares de personas se fueron a los llanos a la explotación de este producto en condiciones inhumanas, sometidos a una cruel explotación por parte de los dueños de las caucheras.

Pues Julio, con su recua de mulas, viajaba hasta las caucheras de los llanos o quizás hasta sitios más lejanos llevándoles la “parva”, misma que según me contaba papá se devoraban con un placer infinito, a pesar de que los panes y tostadas llegan con una lama verdosa que ellos limpiaban para poderla comer.

Es factible que como esos viajes se hacían hacia el sur, Julio y su esposa hayan decidido trasladar su residencia de Bogotá a Villavicencio y Alfonso haya nacido en la capital del Meta a los 30 días del mes de julio de 1915.

Alfonso me hablaba de las posadas del camino y de lo duro que era esa odisea por caminos de herradura (literalmente “caminos de herradura”), con charcos, lodo, zancudos y demás bichos de la selva. Desconozco cuántos años vivió en la familia Jaramillo Peláez Villavicencio, pero contaba que a un hermano que era muy calavera y viajero impertérrito casi lo matan en una emboscada por los llanos, pues eran épocas donde había que ser liberal o conservador y dependiendo de quien lo interrogara podía salir con vida o morir olvidado en la selva espesa.

El paradero de Julio, papá de Alfonso, es un misterio, pero lo que se sabe es que las tías (Tomasita, María José y Luisa que era una hermana media) lo recibieron cuando aún era un jovenzuelo y, por esa época, iniciaba su vida laboral, luego de prestar el corto y efímero servicio militar en Sonson donde tenía familia, pues el primer Tisnes Ross llegó a este pueblo como sastre proveniente de una provincia francesa. Recuerden que el segundo apellido de Julio, de Gabriel y de las tías era Tisnes. Eran Jaramillo Tisnes.

Entre los trabajos de los que Alfonso se ufanaba era el haber sido el que proyectaba las películas en los teatros de Cine Colombia. Fue quien manejó el primer proyector de cine que era con arco voltaico en el teatro Metro Avenida en la continuación de Av. La Playa y en el teatro América de San Juan. Él fue protagonista de la inauguración de esos teatros en Medellín.

En ese entonces era frecuente que el arco voltaico quemara la cinta que se proyectaba en la sala de cine, y cuando esto ocurría al encargado de proyectar la película le llovían madrazos y la gente gritaba: “devuélvanos la plata”. De proyectar y ver tantas películas, Alfonso se volvió un experto en el arte cinematográfico y, en películas de la Primera y Segunda Guerra Mundiales a la que solía llegavarnos y luego nos hacía el interrogatorio detallado.

Recuerdo muy bien cuando nos llevó a ver en el teatro del Parque de Bolívar una película que se llamaba “El hundimiento del Brismarck”, un barco alemán que hundieron los aviones británicos. Al salir de la película como a las 11:30 pm nos hizo un interrogativo minucioso en que nos preguntaba por el nombre del capitán del barco, las medidas del barco como la de cuánto medía de eslora, su peso en toneladas, la fecha exacta de la batalla que marcó una inflexión en la Guerra del Atlantico, etc. Como no recordábamos estos datos, venía el consecuente regaño, pues consideraba que había perdido el tiempo llevándonos a ver esa película.

En fin, son muchas las anécdotas de Alfonso que lastimosamente darían para una novela como aquella con la que amenazó Uriel Ospina cuando lo visitamos en la Subdireccion de El Tiempo cuando éste aún quedaba en todo el centro de Bogotá (Av. Jiménez con Sétima) cerca de la famosa librería Buholtz. Recuerdo que allí tenía Uriel, quien le hacía los editoriales a Santos, la maquinita de taquigrafía con la que Alfonso, como él decía. lo torturaba haciéndole aprender el alfabeto y lenguaje Morse con el que se transmitía toda la información periodística.

Lastimosamente no se sabe ni se sabrá si Uriel escribió la novela sobre la vida de Alfonso, pues a su muerte, asaltaron (literalmente) su oficina en El Tiempo y se robaron sus libros ya que allí tenía parte de su biblioteca, en especial de literatura rusa y francesa en que era un erudito.

Su esposa, una francesa muy simpática con la que se casó por poder, y luego se la trajo para vivir en un apartamento sobre la calle 26, al ver que los empleados de El Tiempo se habían robado los libros, apuntes y notas de Uriel, se largó del país con mucha rabia. Posiblemente en ese robo se perdió la vida novelada Alfonso, escrita por quien fuera la mano derecha de Uriel cuya familia vivía al frente de la estación de bomberos de Ayacucho en Medellín.

Tuve el privilegio de visitar con papá la oficina de Uriel en El Tiempo y luego de ir a su apartamento donde su señora nos invitó a comer. Era una verdadera caja de música y con una formación literaria clásica envidiable, algo que aprendió en su estancia en Paris donde conoció a su esposa.

Hubo con el poeta Luis Vidales una larga controversia en el Magazin literario de El Tiempo que salía los domingos, donde Uriel acaba con el poeta Vidales al mostrarle que su traducción del latín de los poetas Goliardos medioevales era horrorosa y lo que mostraba era su desconocimiento de esa lengua que no era latín clásico ciceroniano, pues los Goliardos eran poetas trasumantes que andaban de aldea en aldea versificando y cantando; eran poetas y músicos que se apartaban del latín clásico (algo que no entendió Vidales), contestatarios y satíricos que con su lírica se burlaban de la autoridad eclesiástica imperante en los siglos XII y XIII de nuestra era y, el general, del oprobiioso régimen feudal. Uriel era experto en estos temas y sobre ellos hablaba con mucho encanto y fluidez.

Los Jaramillo son originariamente de Sonsón y en la época de la colonización antioqueña que se desplazaron hacia el sur(Viejo Caldas, norte del Valle y parte del Tolima), algunos Jaramillos cogieton hacia Manizales (capital de Viejo Caldas antes de su desmembración en tres departamentos ) y otros hacia Medellín. igualmente los Tisnés: algunos se fueron para el Viejo Caldas y otros para Medellín. Eran andariegos y colonizadores. A punta de hacha y azadón fundaron pueblos y desarrollaron la región.

La familia Jaramillo Tisnes se fue para Medellín. Pero el Peláez sí era rolo, así que Alfonso era un híbrido entre paisa y bogotano, pero él, a diferencia de su hermano Francisco y de su hermana que murió viejita en un asilo que quedaba cerca del Palacio de Nariño con muchos jardines, que Alfonso pagaba.

Con él fui varias veces a visitarla en su silla de ruedas, pero muy lúcida a pesar de sus años. Esa familia es completamente rola con el típico hablado santafereño cachaco. La de Alfonso era, en cambio, muy paisa y con costumbres arraigadas muy paisas. En Medellín vivieron Gabriel Jaramillo Tisnés, Felix Jaramillo Tisnés al igual que Julio. Los dos primeros tuvieron una numerosa descendencia, al igual que Alfonso, pero en Medellín.

El paradero de Julio es un misterio. Alguna vez vi una acuarela de él acostado en una hamaca que a Alfonso tituló: “la buena vida”. Posiblemente fue en una casita de campo donde Alfonso vivió con las tías y que era en una finca donde después se construyó el Hotel Intercontinental. Alfonso, después, le hacía la declaración de renta a un señor que, a pesar de vivir descalzo y ordeñando vacas, era el dueño de esas tierras que llegaban hasta la carretera de Las Palmas. Era un campesino simpático y sus hijos tenían una cantina cerca de la entrada del Seminario por Las Palmas. Esa cantina la cerraron luego de un atraco que les hicieron.